Leonardo Bianchi
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Tengo 7 teclados. El que uso no tiene ni números.

Mi teclado no tiene números, ni flechas, ni la mitad de las teclas de uno normal. Aun así, es la herramienta de productividad que más me ha cambiado la forma de trabajar. Sí, colecciono teclados raros.

Si algún día me ves trabajando, lo primero que vas a notar no es lo que estoy haciendo. Es el teclado.

No tiene números. No tiene flechas. No tiene ni la mitad de las teclas de uno normal. Y todas están alineadas en una cuadrícula perfecta, como si alguien hubiera ordenado un teclado con regla. La primera reacción de casi todos es la misma: "¿Se te rompió?".

No. Lo elegí así. Y aunque suene superficial, es una de las cosas que más me representan. Tanto, que tengo siete teclados programables. Y no, ninguno está de adorno.

Mi teclado de batalla

El que uso todos los días es un Epomaker de 40%, ortolineal, al estilo Planck: apenas unas 47 teclas, todas en cuadrícula. Si te dio curiosidad, los puedes encontrar en Amazon.

Dos palabras raras ahí:

  • 40%: tiene más o menos el 40% de las teclas de un teclado completo. Sin números, sin flechas, sin teclas de función.
  • Ortolineal: las teclas están en columnas rectas, no escalonadas como en un teclado normal. Tus dedos se mueven arriba y abajo, no en diagonal. Suena a detalle, pero tus manos lo notan.

¿Cómo escribo números o me muevo por un texto? Con capas. Igual que Shift convierte una "a" en "A", mantengo presionada una tecla con el pulgar y la fila de arriba pasa a ser de números. Otra capa convierte un grupo de letras en flechas. Mis dedos casi no se mueven de su lugar.

Otro favorito de la colección: el Corne

En la colección también tengo un Corne, un teclado partido en dos mitades de 42 teclas, que programé yo mismo con ZMK, un firmware de código abierto. Ahí aprendí el truco que más uso: una tecla, dos trabajos. Mi Escape, si la toco, es Escape; si la mantengo, es Command. Mi Enter, si lo mantengo, es Shift.

Por qué trabajo así

  1. Mis manos no viajan. En un teclado normal vives estirándote: al mouse, a las flechas, a los números. Aquí todo está a un centímetro.
  2. Los pulgares por fin trabajan. En un teclado normal, los dos pulgares comparten una sola tecla: el espacio. En estos, los pulgares cambian de capa, borran y confirman.
  3. Menos teclas, más funciones. Cada tecla puede hacer dos o tres cosas según la capa o si la mantienes.
  4. Mi cuerpo lo agradece. Menos estiramientos, muñecas más rectas.

Lo más productivo: tus propios atajos

Lo mejor de un teclado programable no es lo raro que se ve. Es que dejas de adaptarte tú al teclado y el teclado se adapta a ti.

Si haces algo veinte veces al día, merece una tecla. Algunas ideas para empezar:

  • Una tecla para cada cosa que repites: abrir tu app de notas, silenciar la reunión, tomar una captura.
  • Macros: una tecla que escribe una secuencia completa, como tu correo o una firma.
  • Teclas que hacen dos cosas según si las tocas o las mantienes.
  • Una capa solo para tu trabajo: los atajos de tu editor, tu CRM o tu herramienta de diseño, todos juntos.

Cada atajo te ahorra uno o dos segundos. Parece poco, hasta que haces la cuenta de cuántas veces al día lo usas.

La curva de aprendizaje es real

No te voy a mentir: las primeras semanas escribes como si fuera la primera vez. Después, volver a un teclado normal se siente como manejar con guantes de cocina.

Lo que viene

El teclado es solo la mitad de mi escritorio. En un próximo post les cuento de mi mouse con botones configurables y los atajos que le programé, que se complementan con el teclado.

Si tienes un teclado raro, o estás pensando en tener uno, escríbeme. Siempre hay espacio para uno más en la colección. El octavo, digamos.